Cual viajero frecuente, ve transcurrir su existencia entre Carora, Caracas y Madrid. La diversidad de vida que encuentra en estas tres ciudades le permite fantasear entre la paz característica de los pueblos y la agitación que rige las grandes metrópolis. En el discurrir de sus ideas se observa un fraseo con marcado acento español y un sutil verbo que evidencia sencillez y espontaneidad.
Su amor por la música le lleva a asumir las obras que ejecuta como si fueran producto de su propia inspiración. En este momento explica su sentir parafraseando el episodio bíblico en el que Jesucristo le dice a Lázaro: ¡levántate y anda! "Al igual que Jesús, los verdaderos músicos somos los que hacemos andar una obra", sentencia.
Nacido en el pueblo larense de La Candelaria, el maestro Díaz recuerda encontrar en el campesinado de la zona sus primeros maestros. En su terruño natal, la música era el pan cotidiano, que se sazonaba con los acordes de la guitarra, el bandolín, las maracas o el cuatro.
"A los seis años comencé a ejecutar este instrumento y a cantar en las fiestas patronales de la zona, en las cuales obtuve lo que llamo mis primeros diplomas de vida, que no eran más que los elogios que mi voz despertaba en los lugareños", señala.
Al ver su talento, fue invitado a servir de acompañante en los cantos de celebración popular que se organizaban en La Candelaria. "Esto suponía de mi parte un conocimiento sobre acordes, armonía, ritmos, gracia y acentos que nunca antes había estudiado y que conforman las raíces de la música tanto popular como académica", indicó.
Salió del bohío paterno -como él mismo califica su hogar- a los 16 años atraído por un movimiento cultural que se estaba gestando en Carora bajo la dirección de Cecilio Zubillaga, quien se convertiría, a la postre, en uno de sus maestros.
Revista Notas. - ¿Cuán trascendental sería esta decisión de partir a Carora en su vida como músico?
Alirio Diaz. - Imagínate la importancia que tendría semejante arrojo de mi parte que allí se iniciaron mis primeros estudios musicales. Con Don Cecilío, estudiaría casi toda la primaria y ampliaría mi cultura musical. Aún cuando le demostré tener dotes para la música (un día recuerda haber tomado su guitarra y tocarle La Serenata de Schubert) Don Cecilio me animaba a desarrollarme como escritor.
El maestro explicó que Don Cecilio admitiría que su verdadera vocación era la música cuando cursaba sexto grado. "En ese momento -indica- me recomendó viajar a la escuela de Laudelino Mejías en Trujillo y me dio una carta de recomendación dirigida a Luis Beltrán Guerrero, poeta y secretario de gobierno, para que me diera trabajo".
R. N. - Con semejante apoyo, ¿viajó a Trujillo?
A. D. - Sin pensarlo dos veces. Estudié con Laudelino Mejias teoría y solfeo e instrumentos de vientos (saxofón y clarinete), además de inglés y mecanografía. Al mismo tiempo, trabajaba como tipógrafo en la imprenta del Estado.
Decide luego viajar a la capital a los 22 años, nuevamente con el apoyo de Don Cecilio, quien, en esta oportunidad, lo recomendó para trabajar en la Banda Marcial de Caracas, que dirigía Pedro Elías Gutiérrez.
R. N. - ¿Cuándo ofrece su primer concierto?
A. D. - En 1950, cuando fui llamado, nada más y nada menos, que para la celebración de los 250 años de la muerte de Bach. Creo que ese fue uno de los momentos más importante de mi carrera. En noviembre de ese mismo año, viaja por primera vez al exterior, con la ayuda de una beca que le había otorgado la junta militar de ese entonces.
R. N. - ¿Cuáles fueron las críticas a su llegada a Europa?
A. D. - Las críticas eran absolutamente favorables, ya que me veían como una promesa por mi juventud y talento. También me ayudó el hecho de que Europa se estaba rehaciendo de los daños ocasionados por la Segunda Guerra Mundial, por lo cual no había músicos.
Luego de tres años en España, viaja a Italia donde se reunió con su gran maestro, Segovia, de quien se convertiría posteriormente en su asistente.
R. N. - ¿Cuál ha sido la obra de mayor satisfacción en su carrera?
A. D. - Todas las obras que he ejecutado me han dado satisfacciones. Sin embargo, hay una de ellas que, debido a su dificultad, despierta bonitos sentimientos. Se trata del Concierto de Aranjuez, la cual es considerada el caballo de batalla de los guitarristas, por lo difícil que es desde el punto de vista técnico e interpretativo. Es un concierto muy complejo, donde se requieren grandes condiciones técnicas, mucha sensibilidad y una personalidad amplia que le permita al ejecutante descubrir los matices ocultos de la obra.
R. N. - ¿Qué hace falta para destacarse como músico?
A. D. - Yo les aconsejo a los guitarristas que desean trascender estudiar con los más grandes maestros, a nivel de conservatorio, y profundizar en el legado cultural de los grandes intérpretes de la música como Beethoven, Chopin y Mozart. Hoy en día, cuando está celebrando 50 años desde su primer concierto y cuando se dispone a festejar el Segundo Festival de Música 'Alirio Díaz', el maestro admite mantener vivo esos sentimientos de alegría, tristeza, gracia y sutileza que siempre han acompañado su música. Tras una brillante trayectoria, agradece al Creador que su carrera haya sido y siga siendo una sucesión de triunfos y reconocimientos. |